Ojo por ojo, puente por puente

DSC_0639Cuando le dijeron que superara un obstáculo pasando sobre él, envolvió la metáfora en una hoja A3 y esbozó un plano. Sin saberlo, había creado una ecuación: dos orillas más Lizardo Bertolín León es igual a un puente. No hay margen de error; es un cálculo que se fundamenta en las más de 500 estructuras de ese tipo, proyectadas por un hombre que se dice ingeniero civil por empecinamiento.

Bertolo”, como le llaman sus compañeros de trabajo en la Empresa Vértice, es Ingeniero de Alto Nivel del MICONS. Y no es un halago, así consta en su currículum laboral que supera las cuatro décadas. También es miembro del Consejo Técnico de Asesoramiento de este Ministerio y alcanzó en el 2005 el Premio Nacional por la Obra de toda la Vida.

Desde pequeño siempre me interesó la ingeniería. Mi papá era constructor y de él viene la vocación. En las letras era bastante malo, de hecho, la única asignatura que suspendí antes de entrar a la Universidad fue Historia”. (Ahora se tortura devorando libros históricos).

Nació en Palmarito de Cauto en 1944. Su primer gentilicio se lo dio Santiago de Cuba. Vivió en Guantánamo y después de pasar por Moa ancló en Sagua de Tánamo. Quizás, por tantas paradas territoriales, no es aficionado a ningún equipo de pelota. Se conforma con presenciar un partido de calidad, y a tanta falta de ella en nuestros clásicos, se vuelve un crítico acérrimo del béisbol cubano.

Antes de escalar los Altos Estudios superó importantes retos: “Mi papá me dijo que si quería ser ingeniero tenía que ponerme a alfabetizar y me fui para el monte como miembro de la Brigada Conrado Benítez. Cuando Fidel declaró a Cuba territorio libre de analfabetismo yo estaba en La Habana. El Comandante nos dijo que si teníamos interés de continuar los estudios enviáramos un telegrama. Lo hice y me aceptaron. Partí para la capital y matriculé en la Secundaria Básica, posteriormente pasé al preuniversitario en un curso acelerado”.

Al recordar sus tiempos de universitario actualiza dos archivos empolvados: su pelea por llegar al tercer asalto en Resistencia de los materiales y su adicción a Radio Enciclopedia, sintonizada con un radiecito sin chasis que tenía en el cuarto. Aún no lo ha superado, la banda sonora de su oficina es la 94.1 AM.

En 1965 ingresé a la Ciudad Universitaria José Antonio Echavarría; era de los más jóvenes del aula. En aquel momento el país estaba carente de profesionales. Tengo el orgullo y el privilegio de haber sido alumno de los principales ingenieros civiles que ha tenido el país. Mis profesores hicieron el Túnel de la Habana, el Hotel Habana Libre, el FOCSA”.

La ingeniería civil es una carrera difícil. Yo recibí 56 asignaturas en un proceso docente que no permitía la tolerancia que existe hoy en muchos centros donde prolifera la masividad en las promociones, lo cual, en mi criterio, es una bomba de tiempo. En mi curso acelerado de secundaria y preuniversitario ingresamos un total de 20 mil estudiantes que debíamos contrarrestar la masa de profesionales burgueses que se formaban en la universidad. De esos solo 900 pudimos llegar. Me gradué el 22 de noviembre de 1971”.

Lizardo vistió el “uniforme de Oriental”” con orgullo, y por eso no dudó andar en contra del tránsito por la avenida que transforma a los “nagüitos” en industrialistas.

Yo había impartido Topografía en las escuelas de Ingeniería Civil, Arquitectura y Geografía. Cuando concluí la carrera me querían dejar de profesor en la Universidad y me negué rotundamente. Fui uno de los pocos que se fajó para no quedarse en La Habana. Siempre pensé que tenía que volver a mis orígenes para ayudar al desarrollo de mi zona geográfica”.

Al final me ubicaron en Palma Soriano. Estuve en la ejecución del puente de Jagua, uno de los más grandes de oriente y que tiene casi cuatrocientos metros de largo. Fue mi primera obra como ingeniero”.

La Teoría acumulada en la Universidad venía a complementarse con una práctica profesional que le ofreció nuevos conocimientos. Del Puente de Jagua rememora las palabras del Jefe de Obra que, atormentado con sus explicaciones gráficas le contestó: “Oiga ingeniero cualquiera pinta una paloma, el problema es hacerle el pico”.

Este puente le trae buenos recuerdos, a pesar de su juventud, demostró en su ejecución la capacidad de solucionar problemas difíciles. “Fue uno de los más complejos que proyecté. Después que estaban hechas las estructuras para montar las vigas tuve que elevarlo ocho metros para que la presa no lo tapara”.

Con un año de graduado, Lizardo fue colocado al frente de todos los proyectos de puentes en Oriente: “Era el único especialista de la materia en el territorio. Fueron años de mucho sudor porque era un trabajo intensivo y agotador”.

Sobre su afición por los puentes comenta: “Me gustan los puentes porque es el tipo de estructura que más me llaman la atención, prefiero calcular las cargas de estos porque son más grandes En el país siempre han existido pocos profesionales especializados en la materia. En estos momentos yo soy el único ingeniero de puentes con experiencia en todo el Oriente”.

La palabra demolición lo molesta. Percibe en ella un facilísimo profesional, una especie de capitulación ante el esfuerzo de muchos. Me parece lógico, un hombre que vive de enlazar orillas no puede soportar tanto divorcio espacial.

Prefiero salvar las cosas antes que demolerlas. Para mi demoler es una mala palabra. He salvado unos cuantos puentes con soluciones técnicas que requieren mucha valentía porque un fallo en un cálculo puede generar una catástrofe. En el puente Jiguání, en la carretera Moa-Baracoa, la incidencia de un sismo desestabilizó la viga por un problema de la colocación del cimiento en el borde de una falla geológica que no se había detectado. Para que ese puente no se cayera tuve que ejecutar el proyecto a pie de obra. No me rendí y ahí está en pie”.

No todo es perfecto en su paseo por planos y gráficos. Cuando viaja por la carretera a Guardalavaca agacha la cabeza ante uno de los puentes. Es para él como un hijo bastardo. “Fue una obra mal concebida, el viaducto se debió realizar de otra forma. ”, comenta con la síntesis de quien ahorra detalles.

Por supuesto que tanto talento no ha sido solo patrimonio nacional. Participó en dos misiones al exterior. “Estuve en Nicaragua en el año 80, allí pasé el primer aniversario de la Revolución Sandinista. En ese país dejé instrumentada una tipificación para la construcción de puentes con vías metálicas en la costa atlántica. La última misión fue en Viet Nam donde proyecté dos puentes, uno de ellos colgante, en la desembocadura del río Han, una obra de gran envergadura en la que aprendí mucho”.

Para Lizardo Bertolín “la calidad en las obras empieza con un proyecto bien hecho y una adecuada memoria descriptiva de este, que es, en mi criterio, un ingeniero impreso, pues ahí está el enfoque que recibe el constructor, el cual muchas veces no lo lee, y por eso se generan los problemas”.

Antes de despedirme le pregunto por sus proyectos actuales y lo provoco ¿entonces Lizardo cuándo concluye?

Que va muchacho, todavía no he realizado mi último puente”.

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1 comentario

Archivado bajo Entrevistas

Una respuesta a “Ojo por ojo, puente por puente

  1. Fiel seguidora

    Genial, increíble cómo pudiste captar toda la esencia de su personalidad, si tuviera que definirlo con dos palabras serían:consagración y humildad; los que lo conocemos sabemos cuánto se parecen el amigo y el entrevistado. Auguro un futuro periodístico de éxito para ti, muchacho!

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