No, no nos entendemos

707-wLos mangos estaban verdes en Baraguá. Todo lo contrario a la Revolución, que experimentaba una maduración excesiva, una especie de plaga que le carcomía su manifiesto. Los negros seguían con sus grilletes. La madre patria, a pesar de los años, e incluso del calor, nos aferraba a su falda.

Era marzo de 1878 y Antonio tenía sus “Maceos” incómodos. El contexto ya olía a protesta. Acababa de echarle unas cuantas “flores” a la tropa por planearle a su invitado una “broma” homicida. El invitado era pancho y no se llamaba Francisco, ni Resoplez. Tampoco era tan invitado.

La incomodidad tenía su justificante. A Maceo no le gustaba que decidieran por él. Mucho menos en un pacto, mucho menos asociado a una zanja, y grande. Quizás por eso le “timbró” a Martínez Campo y lo convocó a reunirse como si fuesen a negociar algo. Quería vengarse a lo cubano.

Maceo lo invitó a sentarse y no le brindó café. Después vino la charla cuyo guión todos sabemos. Que guarde usted ese documento, que no nos entendemos, que no queremos saber nada de él. Martínez Campo se fue molesto con la misión de buscar un corojo para romperlo el día 23, o algo parecido.

Para Maceo aquel encuentro fue solo eso: un desquite, una muestra de resistencia ante aquella rendición infausta que echaba por tierra casi diez años de lucha, con muchos propósitos sin concretarse. Se atravesó por sus “Maceos”, aunque sabía que solo dilataba un final escrito por el cansancio y la falta de unidad, bien aprovechados por los españoles que, Elpidio Valdés aparte, demostraron su inteligencia y constancia militar, para a su modo vencer en la gesta.

En sus memorias a penas habló del suceso. No vio nada relevante en su actuar.

L o mencionó en la carta a Julio Sanguily sin darle ningún peso ideológico.

Como no lo hicieron Ramón Roa ni Enrique Collazo, que lo comentaron fugazmente en sus libros publicados en 1890 y 1893.

Y en eso llegó Martí y pellizcó a Fernando Figueredo y lo obligó a escribir sobre la Protesta en el periódico Patria y dijo que era de lo más glorioso de nuestra historia.

Solo él observó la tercera dimensión de los hechos, justo cuando organizaba la segunda temporada de la Revolución. Encontró en Baraguá un valioso cimiento legitimador que desde el pasado articulaba el presente.

Eso es Baraguá: un nudo muy fuerte que ciñó la nacionalidad cubana para siempre. Es el gen de nuestra testarudez, reflejada en cualquier contexto, en “El necio” de Silvio, en el ore de Mario Kindelán en Huston 1999, en el ¡Aquí no se rinde nadie c…..! de Almeida.  

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