La casa que nunca tuvo

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Siempre quiso hacerlo de esa forma. En calzoncillos, con las dos piernas encima de la mesa de centro, los brazos reposados en el espaldar del sofá, cual Jesús Cristo en la cruz, pero sin clavos, el ventilador negándole el calor con ráfagas sostenidas, y tomando agua de la misma boca del pomo de litro y medio.

Frente a él, Messi danzando con el balón sin mediaciones extratelevisivas, y para colmo, el virgen orgasmo de gritar ¡Gooooooool! entre aquellas cuatro paredes, sin recibir en sus oídos el azote reclamante de la “mama” suegra con su látigo “antiagregadus”.

Tenía en sus manos el control del televisor, en toda la sintaxis y semántica de la frase ¡Basta!, se dijo, de esa rígida posición para ver el noticiero, como si la solemnidad de Serrano fuese un mensaje hipodérmico, que se traducía en una especie de reflejo y acción.

Encima de él, su pequeño y adorado cielo de concreto, mezclado con el sudor de tantas tanquetas de sancocho, una ayudita del exterior , y un crédito que se alimentaría de su salario por largos años. Lo miraba con el mismo placer que Mandela mirase el cielo al salir de prisión. La libertad tiene infinitos matices, incluso comprimidos en un espacio cerrado, la gente puede sentirse libre.

Aquel santuario, que él llamaba vivienda y cualquiera cuarto, tenía todo o casi todo lo que necesitaba, que no es lo mismo pero es igual. Sin dudas, era un tipo conformista. Tal vez, después de esto se sentiría motivado para andar los caminos del altruismo, al fin y al cabo, ya vivía, que es lo más importante, ahora tendría tiempo para pensar o soñar, que nos es lo mismo, pero también es igual.

A su derecha, la media naranja de su vida, despojada de esa amargura acumulada por tantas discusiones en voz baja, porque más alto que su abuelo nadie podía hablar en la casa. Difícil solucionar problemas de pareja bajo esas circunstancias comunicativas.

A su izquierda, la conjunción copulativa que los había enlazado para siempre, jugando en el piso con su muñeca Dora la exploradora, made in Cuba y de trapo. Él, la vigilaba de reojo, esperaba cauteloso una de sus perretas, para decirle: Y ahora, ¿qué harás sin tus abuelos? Después de saborear ese manjar de educación paternal le daría un beso y hasta la jarra de cristal para que jugara. No tanto.

Solo una cosa no encajaba en esta historia. Él tenía un dominio complejo, era joven, militante, adiestrado, y este dominio pocas veces compagina con independencia en variables de vivienda. Por eso, el final estaba prácticamente predeterminado.

Debajo de él, algo le humedeció la felicidad. Experimentó un pellizco que lo sacó de contexto. Ahora sentía los clavos de la cruz, y Messi vestía de blanco con el número siete. El techo y las paredes no tenían el mismo sudor.

Dos cosas lo hicieron reaccionar: los clavos y la humedad. Los clavos eran cinco, y de acrílico; se aferraban a su hombro con ponzoña. La humedad también se aferraba, pero a su calzoncillo y más allá, y además estaba fría, muy fría.

Bajo estas circunstancias despertó, y al hacerlo sus párpados abrieron el telón de la realidad, que mostraba en escena a dos protagonistas: el pomo de litro y medio derramado en el sofá, y la mirada penetrante de la “mama” con las uñas clavadas en su hombro. El guión se limitaba a una mínima expresión: ¿Qué c… significa esto? 

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4 comentarios

Archivado bajo Crónicas

4 Respuestas a “La casa que nunca tuvo

  1. he tenido esos sueños en que soy soberana, y luego despierto y miro a mis alrededor la enmarañada jungla de muebles, libros y ropa en que vivo y constato: aún no estamos solos.

  2. flory

    Muy buen tema, hablas sobre cosas con las que se identifican los jovenes de hoy

  3. Fiel seguidora

    No te impacientes…ya “tenerás”….”lo hermoso nos cuesta la vida” dijo el poeta.

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