Buscando la llave del clóset

homofobia-eerrMientras enlazo estas ideas en el papel pienso en los socios del dominó, y el chucho que me darán por escribir sobre “pajarerías”. Quizás, hasta me regalen una flor, y cuándo pregunte atrás de quién voy, el último en la cola me rectificará con eufemismo: “Detrás de mí no va nadie, será, después de mí”.

Asumir tal riesgo significa desajustarme ese traje homofóbico, que asfixia mi sensatez y simplifica mi racionalidad como ser humano. Un traje que comenzó a molestarme, cuando conocí a uno de mis grandes amigos, al cual más de una vez discriminé por su “debilidad” sexual, y de quien hoy he creado un pedestal por sus virtudes humanas.

Habrá quien en este instante se asombre, y me juzgue por haber pecado; porque es muy fácil atrincherarse en la hipocresía de un falso liberalismo o una empañada tolerancia; que por fuera se enmascara de ecuanimidad, y por dentro se carcome al ver dos mujeres besándose, o una pareja de hombres abrazados en el parque.

No me limpiaré esgrimiendo que soy menos homofóbico que otros. Me niego a creer que un “homofobímetro” sea la solución para un problema, que tiene que ver más con la empatía y el respeto, que con parámetros de medición. Además, considero que lo seré mientras quede en mi conciencia algún residuo de machismo al respecto.

La homofobia ha navegado en nuestra sociedad por transitividad generacional. La primera vez que me desboqué mi abuelo me dio un “clic” izquierdo en la oreja, e imprimió en mis entendederas la siguiente premisa: “Deja la flojera, que los hombres no lloran”.

Poco a poco, le fui añadiendo al dominio de macho ideal otras variables compatibles, como la guapería, el reproche al temor y la lucha por ser el más “jevoso” de la escuela. Este patrón me hizo inversamente proporcional a la diversidad, un cálculo erróneo en mi educación, que la vida me ha dado la oportunidad de rectificar.

No creo que eliminar la homofobia sea tan fácil como muestran algunos spots de la televisión. Se trata de un mal hereditario difícil de curar, y que en otros tiempos se asumió como un bien. Basta rememorar la escala de grises del lastimoso quinquenio, en el cual intelectuales y artistas homosexuales fueron apartados de la vida cultural pública, o cuando, incluso, se llegó a pensar que era un trastorno mental.

Con antecedentes como este sería un extremismo pedir, que de golpe y porrazo se solucione este fenómeno. Del mismo modo, considero que los largos pasos que se han dado en el país en tal sentido no merecen una ovación desmedida. Se trata de alfabetizar la irracionalidad humana con modos de actuación lógicos, y la lógica no es noticia.

En ninguna faceta de la vida existe una brújula común. Cada cual se orienta como desea, para después dirigirse hacia el lugar que desea. La sexualidad no puede ser la excepción de esta regla, sobretodo, porque algo tan íntimo, y que necesita de tanta complacencia personal para su disfrute, no tiene que supeditarse a una ruta de acción dictaminada por voces externas.

La incomprensión social ha obligado que muchos establezcan parejas ficticias e identidades falsas, para evitar ser rechazados en sus círculos de amistad, familia o vecindad. Se contaminan de un asma heterosexual que los sofoca constantemente, hasta que deciden respirar la realidad, a pesar de todo, y sin pensar en nada, solo en la libertad espiritual que significa, en este caso, vivir como se piensa.

Tengo varios amigos homosexuales. Muchos nunca me han comentado que lo son, aun cuando suponen que lo sé. Tampoco es algo que me importe. Las plumas que la ignorancia social les colocó me han dado el calor cuando ha hecho falta, y si les llaman “guaguas” debe ser por la cantidad de veces que me han sacado de un embarque.

Nadie tiene el derecho de hacerse el Fidias y agarrar un cincel para moldear la diversidad, como nadie está obligado a tolerar. Las imposiciones suelen convertirse en buen alimento para la hipocresía. La autoreflexión es la ruta ideal para reinterpretar este asunto. Eso implica situarnos en el pellejo del otro y sentir los latigazos de la incomprensión, el maltrato y la censura, por disfrutar la intimidad con otra persona sin colocarle un revólver en la cabeza.

Todavía cohabitan los tabúes y miedos en ambas partes, que nublan el necesario puente de la tolerancia. No estoy preparado para muchas cosas, debo ser honesto; pero al menos me queda la disposición de llegar a estarlo. La empatía puede ser la llave que nos permita abrir el clóset, y encerrar en él a la homofobia. Hagamos las copias necesarias sobre la base del respeto y el buen juicio, que nos exige la racionalidad humana.

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1 comentario

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Una respuesta a “Buscando la llave del clóset

  1. Ernesto

    Muy buen artículo, los prejuicios que todavía persisten en nuestra sociedad determinan muchas veces que amigos con diferentes orientaciones sexuales se distancien y su amistad se vea condicionada por el miedo a la familia o al qué dirán, eres muy valiente al tocar ese tema gracias.
    También ley el que le dedicaste a tu mamá, precioso y te da a conocer como alguien agradecido y lleno de amor para con quien te dio además de la vida, muchas cosas más, sigue así, te felicito

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