Biografía de un amor terrenal

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Entra al terreno sin camisa, como “cachorro” por su casa. Es casi un ritual. Nadie se opone a que lo haga y “si lo hacen -dice- tienen doble trabajo”. Sube a la lomita y mira a su alrededor. Contempla cada detalle. No se escucha un aplauso, un pregón, ni siquiera uno de esos extendidos “¡poooooónchalo!”. Es imposible, las gradas están vacías. La única alma que respira en el estadio es la de Justo Fernández Bruzón, un hombre al que el béisbol holguinero le debe mucho, aunque casi nadie conozca sobre su labor en más de treinta series nacionales.

Me gusta llegar tempranito. A las siete de la mañana ya estoy en el terreno. Eso no falla”, me dice con orgullo y le creo, a pesar, incluso, de que lo dice con orgullo. Sus compañeros de “equipo” lo corroboran. Uno de ellos me cuenta medio en broma y medio en serio: “El viejo está chocho, viene a esa hora porque le gusta despertar al estadio”. Estamos sentados en el dogout de primera, el de Home Club; no podía ser otro. Desde allí se ve mucho más imponente el “Calixto García”, escenario de sus grandes epopeyas.

Tiene una curva matadora. Cada vez que le pedía entrevistarlo la utilizaba, hasta que me pegué más al home, apreté bien la grabadora y cuando menos se lo imaginó ya le había conectado una pregunta. Sonrió, me tiró el brazo por el hombro y un “vamos muchacho” fue mi primera carrera de ventaja.

A Justo, posiblemente, pocos lo reconozcan. Su average nunca se ha mostrado en la pizarra y su nombre no se ha escuchado, siquiera, en el coro más silente de la fanaticada holguinera. Sin embargo, todos los que han visitado alguna vez nuestro majestuoso parque beisbolero lo han visto actuar. Hay un par de detalles: no usa casco para pararse en el home y el quinto ha sido siempre su inning de la suerte. Después del tercer out de los Cachorros, Justo realiza su entrada triunfal. “Esos son mis cinco minutos de fama”, comenta entre risas. “Salgo con el armastrote de madera, lo sacudo y marco el cajón de bateo”.

Desde hace 36 años, Justo es el principal responsable del cuidado y mantenimiento del Estadio Calixto García Íñiguez. Siempre ha ocupado la misma “posición” en el terreno. Su único ascenso en el “line up” laboral se manifiesta en el amor por su trabajo, que cada día crece en grado superlativo. Hoy, es el trabajador con más años de experiencia en esta instalación, de la que se declara enamorado hasta que la muerte los separe.

A finales de los 70 vine de La Habana para Holguín. Trabajé un tiempo en la Capital como constructor hasta que regresé a mi tierra, pues nací en San Andrés en 1946. Cuando llegué me mudé para el reparto Sanfield. Un amigo me dijo que había una plaza en el estadio para darle mantenimiento y como me encantaba la pelota no lo dudé. Eso fue en el año 1983, desde entonces trabajo aquí”.

Iniciaba así, una extraña relación de amor entre un hombre y un terreno de beisbol, cimentada en la fidelidad, sobreprotección y persistencia ante las pruebas más difíciles de la vida.

En el año que entré a trabajar perdí a mi mujer. Mis cuatro hijos quedaron huérfanos y tuve que tirar pa´ lante yo solo. Los dejaba en la escuela tempranito y de ahí venía para el Estadio. Aquí me les preparaban el almuerzo y yo se los llevaba para que continuaran con sus clases. Después los traía para acá y cuando terminaba nos íbamos juntos para la casa. Esa fue una etapa difícil para mí, pero a pesar del esfuerzo continué haciendo lo que me gusta”.

El Estadio es como mi casa. No me gusta coger vacaciones y cuando las cojo vivo metido aquí. Hace poco estuve de certificado médico y sufría al no poder venir, porque veía por la televisión que el terreno no estaba igual. No es por na´, pero cuando me ausento el terreno no luce igual. Muchos se me acercan para preguntarme cómo puedo mantenerlo en tan buenas condiciones, y yo les digo que esto es amor y sacrificio, y sobretodo vivir por el trabajo”.

El Estadio Calixto García fue tres años consecutivos Vanguardia Nacional y ha alcanzado en varias ocasiones la condición de mejor terreno del país. En todos estos resultados ha jugado un papel fundamental el compromiso que mantiene Justo con su labor, sobrecargado de amor, y también de muchos secretos.

Lo más difícil es replantar la yerba, pues hay que picotear la parte dañada y buscar el mismo tipo de yerba para resembrarla. Yo siempre iba sutilito y la sacaba de la Plaza de la Revolución, hasta que me cogieron los responsables del área y amenazaron con meterme preso, pues eso es un casco histórico. También, es muy importante echarle agua al terreno, sobre todo en los tiempos de secas, y rastrillarlo para que la tierra suba, si no se compacta y después no filtra el agua. Cuando termina el juego de pelota, a la hora que sea, hay que darle flota al terreno, algo que muy pocos hacen”.

En medio de nuestra conversación surgen reiterados ruidos comunicacionales, todo el que pasa intercambia de una u otra forma con él, lo mismo con una palmada, una broma, para pedirle orientaciones en relación con el trabajo, o simplemente para saludarlo. Justo no se queda atrás, no duda interrumpir el diálogo cuando percibe que alguien viola sus leyes “matrimoniales”. Se levanta y le grita a un pelotero: “Pipo coge pa´ la tierra con esos zapatos que me acabas con la yerba”. Luego se sienta y medio enfadado continúa.

Para hacer cualquier cosa en el Estadio primero hay que verme a mí. Cada vez que ponen una tarima me pongo mal, porque me lo acaban. Sufro cuando las personas caminan por el terreno con el calzado inapropiado, que brinquen por los colchones. Soy un poco obsesivo, es verdad, y a veces caigo mal, pero la gente no se da cuenta de algunas acciones que dañan el terreno”.

Muchos no saben el sacrificio de este trabajo. Yo sufro cuando el terreno no está bonito. Imagina que aquí no ha habido arena y yo me he tenido que meter a las costas de Santiago de Cuba, albergado 15 días, para sacar arena y traer para acá en camiones, y no me pesa porque yo vivo por el terreno, para el que se pare allá arriba diga: ¨Ñoooooo, que lindo¨”.

Esta ha sido también una relación de muchos sobresaltos, de roces con el luto y la viudez. Cuando me comentaron que este hombre ha dejado su vida en el terreno, supuse en la expresión algo metafórico y no la literalidad que abrazan hechos y palabras.

En este Estadio he pasado grandes sustos, incluso he podido perder hasta la vida. Limpiando una fosa me dio un infarto y no le hice caso, cuando llegué a mi casa no podía caminar. Me llevaron para el hospital y allí me dio el segundo. Aquí también perdí un ojo mientras escarbaba en el terreno. Sentí como si me hubiesen dado una pedrada y cuando me toqué estaba lleno de sangre. Me había subido mucho la presión del ojo y tuvieron que sacármelo, ahora tengo una prótesis; a pesar de todo eso sigo fajao´, porque yo no puedo vivir si no vengo al Estadio”.

Este amor no ha estado mediado por medallas, condecoraciones ni reconocimientos, al parecer la relación de Justo es tan íntima con su trabajo que ni siquiera los “paparazis” de la estimulación moral se han dado cuenta. Claro, los “jonrones” de Justo son dentro del terreno y esos no son tan espectaculares.

A mí me han reconocido muy poco mi trabajo. Mis hijos no están de acuerdo en que lo siga haciendo, porque dicen que me estoy matando por gusto, pero que va, a mí me encanta lo que hago. Me han propuesto trabajo en otros estadios con un mejor salario y no me he ido. Yo siento mucho amor por este terreno. Todo el mundo me pregunta cuando me retiro, ya tengo 68 años de edad y estoy sobrecumplido, pero seguiré mientras tenga fuerzas ¿Te digo algo? Si cuando me toque estirar la pierna estoy en este Estadio, yo moriría feliz”.

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6 comentarios

Archivado bajo Entrevistas

6 Respuestas a “Biografía de un amor terrenal

  1. La verdad no me gusta la pelota, pero como se ve arriba, es capaz de despertar pasiones para toda la vida

  2. Ufff, felicidades Luisma. Me bebí este post, como si fuera mi refresco preferido. Había señalado una parte como mi preferida y luego percibí que es todo el texto. Espero que lo hayan publicado en el impreso. Un abrazo, mi hermano.

  3. Fiel seguidora

    Nada que ver con seguimientos beisboleros, pero puedo sentirlo, al Coloso me une un “sentimiento de pertenencia”, amasé con mis manos preuniversitarias muchas de sus losas, cuando “los de la Vocacional” terminamos en tiempo record su construcción y estuve en aquella pizarra humana que presidió la inauguración. Felicidades por tu artículo, por instantes volví a estar allí…..como entonces.

  4. Desde lejos leo tus comentarios y por eso vivo orgulloso de ser holguinero ahora estuve seis meses en Holguin despues de muchas decadas de no estar tanto tiemo alli y me trajistes a la memoria todos los momentos vividos en nuestra maravillosa ciudad.Estuve presenciando las largas coooolas de los puntos de servicios telefonicos y revivi contigo todo lo sucedido.Creo eres un joven que nacistes para ser periodista.ADELATE

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