Tremendo “emparque”

sillas voladoras

Confieso que el pasado sábado experimenté uno de mis más grandes ridículos. En un segundo puesto quedó mi célebre caída frente a todo el Batallón en los Camilitos, dígase unas seiscientas personas “nada más”. Al menos aquella vez el golpe fue en el hueso de la alegría, y el bochorno duró hasta la última carcajada de dolor que provocó el hematoma “tatuado” en mi músculo de sentarme.

En esta ocasión no hubo un ápice de contentura, y a pesar de que el público fue mucho más reducido, la pena generó daños “cuestionables” en mi trabajo profesional, o al menos así lo asumí. Sucede que a veces uno se aferra a lo que escribe y pone todo su empeño en ver materializadas sus ideas, hasta que la realidad, tan increíblemente insospechada, te deja sin argumentos, sin palabras.

El 12 de julio de 2014, hace apenas cinco meses, este periodista colocaba un título rimbombante a un trabajo publicado en el semanario !ahora!: “El Valle encantado”. Se trataba de un reportaje sobre las acciones desarrolladas en el Parque Turístico José Martí, complejo recreativo que luego de varios años de abandono recibía una inversión capital sin precedente.

Durante el recorrido por las instalaciones, mi mayor asombro se lo robó la labor realizada en el conocido Parque Japonés (Los Mambisitos), un sitio del cual mi generación guardaba una mezcla de ego y frustración personal, por haber recibido los últimos golpes de cabeza en la Casa de los Espejos, y haber montado en la última Bicicleta Voladora que sobrevivió al paso de los años. El trauma fue grande al observar el cambio radical experimentado.

Ahora repetiré esta última oración contextualizada en mi más reciente visita. Al llegar allí el trauma fue grande al observar el cambio radical experimentado. Me quedé sin palabras. No podía pronunciarme al respecto. Mis argumentos se ahogaron en el bochorno, pues al tener como referente mi última estadía en aquel lugar, recién remozado, había invitado a una pareja de amigos para llevar a nuestros hijos a disfrutar del “encanto” de aquel parque, que habíamos visto perecer en nuestra infancia y por arte de magia había vuelto a resurgir. Al llegar la única intervención de mi amigo fue: “¡Socio, tremendo embarque!”

No fue para menos. Cuando pisamos tierra “mambisa” Elpidio Valdés nos dio la “malvenida”. Su uniforme lucía desaliñado, pues al parecer no hay pintura para regalarle uno nuevo. Sí, debe ser pintura lo que no hay.

El Parque, a pesar de ser sábado e incluso de ser las diez y media de la mañana, simulaba la locación de un filme del oeste, y al parecer nosotros seríamos los únicos en presentarnos al casting. “Mejor –dije- así no tendremos que hacer colas para que los niños monten en los aparatos”, lo expresé quizás, en un instinto por preservar la poca esperanza que me quedaba, esperanza que cambió de verde iluso a rojo irritado, cuando en la taquilla para comprar los tiques un cartel informaba que solo funcionaban tres aparatos: el trencito, los muñecos y las bicicletas voladoras.

Los niños no podían montar en las bicicletas y cuando pensé recordar viejos tiempos escuché, así por azar, que uno de los aviones cazas se había caído, justo cuando arrancaba el aparato. Con ese precedente me replanteé la idea de subir en aquellas bicicletas, para colmo, voladoras.

El panorama era incomprensible. Esos equipos se habían reparado integralmente y por si fuese poco en aquel trabajo había quedado plasmado el compromiso de la empresa Asertec de garantizar la revisión y mantenimiento de los equipos.

En un recorrido por lo que, finalmente, decidimos definir como “museo” de diversiones, nos encontramos varias “novedades”: un carrusel con potros mansos, unas sillas carentes de energía cinética, aviones con aterrizajes forzosos y unos botes llenos de agua en una laguna seca, algo así como un condominio para aedes y para aegyptis.

Al final, nuestra visita redundó en la tortura de montar a los pequeños en unos muñecos con movimientos bruscos, capaz de asustar al más hiperactivo, y varias vueltas en un tren con vagones vacíos, marcha en cámara lenta y un cartel con una sugerencia nada halagüeña: “Hasta la vista compay, regresa”.

Mi conclusión de los hechos fue “bastante” pragmática, lógica y objetiva. Lo sucedido allí tuvo que ser un exorcismo. No encuentro otra explicación. Algún poder sobrenatural hizo de las suyas en ese lugar. Me niego a creer que tanta insensatez, despreocupación e irrespeto puedan confluir en un mismo espacio físico. Me niego a creer que las cosas puedan transformarse con tanta rapidez para mal, cuando el esfuerzo realizado para un bien haya sido tan inmenso y movilizador.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Tremendo “emparque”

  1. Me pasó lo mismo, con un trabajo que hice sobre un tema que no quiero ni acordarme: el reordenamiento urbanístico. Después de pensar que había escrito la información del siglo, ¡boom !, el cubo de agua fría. Por suerte tuve la posibilidad de solucionarlo. Nada experiencias que se acumulan durante la práctica del oficio.

  2. Ernesto

    Je, je Y te asombras?

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