Sueños impresos

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Puedo decir, sin alarde alguno, sin soplarme las uñas y pasarlas por mi pecho, que entré al periódico ¡ahora! por la puerta ancha; tan ancha que cabía con facilidad mi grupo completo de Periodismo. Por entretenido, por enajenado, por succionarme el dedo más grueso de mi extremidad inferior, fui a dar, en mi primer día de prácticas laborales, a un pasillo que conducía hasta las mismísimas máquinas de impresión del Poligráfico. Luego, con pasaporte sueco, logré incorporarme a mi manada estudiantil, sin dejar un “hipervínculo” como rastro para “cueros” posteriores.
Sucedió hace exactamente seis años, cuando yo andaba por la vida medio dormido o semidespierto. Menos mal que “andaba”. En esa época, para llegar al periódico se necesitaba carácter, sobre todo para imponerse en la parada y subir a la Siete, que pasaba con más “flechas” que las Dianas de la actualidad. Incluso, a este cuerpo ondulado, escuálido y flexible, hacer blanco le resultaba una misión imposible. Aquello formaba parte -al menos así lo asumí- de mi bautizo de fuego como soldado de la palabra.
El colectivo de ¡ahora! (dígase hoy: “mi colectivo”) nos recibió con las páginas abiertas; y nosotros llegamos con unas ganas de abrazarlas “que pa´ qué…”. Hasta ver publicados nuestros nombres en caracteres de imprenta, no dejamos de halarle las pinzas al pantalón de Rodobaldo, director del semanario en ese momento.
Entonces vinieron los halagos del barrio, la “chochera” de la familia, la litúrgica tarea de recortar los trabajos, el chucho de los socios por escribir sobre la FMC, las broncas por salir en página tres “con fotico”, las “cuclillas” de orgullo de nuestras cejas cuando alguien nos llamó periodistas.
Fue tan solo un mes de prácticas, pero suficiente para perder la “virginidad” en varias cuestiones del Periodismo. Por ejemplo, sufrir el primer peloteo de un directivo; porque en esto de buscar la información depende mucho el signo matemático con que se busque. Si es positivo la fuente brota agua, merienda, almuerzo y hasta inclusive. Si vas a restar se necesita más que una llave stilson o de Mijaín López para que la fuente brote. Imagínense si, para colmo, el indagador anda con un carné que dice prensa por un lado y estudiante por el otro. Presa fácil para un “sí, pero no”.
Durante las prácticas también me inauguré en el trabajo reporteril, me estrené como entrevistador, experimenté la magia de un cierre del periódico, y volví a la puerta ancha por la que entré el primer día, para disfrutar la sinfonía de las rotativas y leer en tinta fresca el ¡ahora! que después, de seguro, no duraría mucho tiempo en un estanquillo.

Por eso, cuando vi llegar a la redacción a los muchachos de primer año de Periodismo, se actualizaron mis archivos estudiantiles; quizás porque ahora, que transito el séptimo año de mi carrera (me considero un perpetuo universitario), extraño el estudiante entre paréntesis después del nombre, ese tercer apellido que compartimos alguna vez todos los que soñamos con “trascender” frente a una cámara de televisión, detrás de un micrófono de radio o en un pedazo de papel gaceta.

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Una respuesta a “Sueños impresos

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