Eduardo “el galeno”, o algo así…

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Eduardo Galeano fue mi cómplice en mi primer hurto y sacrificio de literatura mayor. Ahora que murió puedo confesarlo. Y, aclaro, digo “murió” como un mero formalismo materialista, porque “el Gale”, como les decimos sus lectores más íntimos, dejó sus memorias en el fuego para que ardan siempre y, por si acaso, abrió de par en par las venas de América Latina.

Pero volvamos al hurto. Sucede de forma espontánea. No hay premeditación alguna (un cargo menos). Ocurre en un día X, en un año Y, en una biblioteca Z. Lo recuerdo bien.

Llego al lugar de los hechos con cara de Minotauro de secundaria y una tarea laberíntica, o viceversa. Me atiende la típica “seño” bibliotecaria, con sus típicos espejuelos, mirada en susurros y voz penetrante, o viceversa.

Le digo que tengo que hacer una tarea, y que la tarea es hacer una reseña de cualquier libro de un tal…le digo que espere, que no entiendo la letra porque la libreta no es mía; ella, “para variar”, fríe par de huevos y me mira con pisada de elefante; yo, para evitar ser aplastado, leo lo primero que entiendo y digo que se trata de un tal Eduardo el galeno, o algo así; ella sonríe, qué digo sonríe, se parte de la risa, y yo, por si acaso, le hago la media. “Eduardo Galeano, mijito, se llama Eduardo Galeano”, me aclara la “seño”.

Regreso de mi ignorancia caligráfica-literaria y aterrizo en una mesa con un libro de Eduardo, no “el galeno”, sino el otro. El libro está en candela y no porque se titule Memorias del fuego, sino porque está viejo, muy viejo. Inmediatamente entiendo por qué no lo prestan. Comienzo a leerlo y el autor confiesa en sus primeras páginas, en un texto llamado Umbral, que fue un pésimo estudiante de historia y luego dice que ojalá su libro pueda devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra. Sonaba bonito.

Me leo las diez primeras historias de un sorbo. La última se llama El Amor y es una genialidad, cuenta cómo fue la primera relación sexual entre el hombre y la mujer (yo estaba en la pubertad). Miro el reloj y ya es hora de irme. Recojo mis cosas. Bajo las escaleras embelesado con mi lectura, salgo de la biblioteca embelesado con mi lectura y dos cuadras después me sorprendo con las manos en la masa, en la masa textual. Trato de sobornarme con algún argumento y el Apóstol me tira un salve entre comillas: “Robar libros no es robar”.

Desde entonces Galeano se convirtió en mi cómplice, y yo, para comprometerlo más, comencé a devorar sus escritos, ya saben, para “saberle vida y obra”. Continué con Las venas abiertas de América Latina, luego El libro de los abrazos y también varios de sus textos periodísticos. Cada frase suya se convirtió en una lección, cada ironía en un pretexto para escribir.

Dos cosas me dejó antes de partir el pasado lunes: aquella frase de la mujer atravesada entre los párpados, que ha navegado junto a mí en conquistas y abordajes, y un pensamiento que se han convertido en mi mapa profesional: “Escriban palabras que superen el silencio”.

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